sábado, 7 de julio de 2018

Un niño herido y cuatro arpías




Las mentes afilando los dientes al amanecer,

susurrando en desorden letras que nunca olvidé.
El tiempo pasando implacable cargado de maldad,
desgarrando la materia, llevándonos hacía algún lugar.


¡Cómo es posible que pueda sostener el mundo en una mirada!
Proyectando luz a los miedos y no temer a nada.
Caí al suelo cuando oí su voz y todo se volvió celeste,
flotando sobre el reflejo del diamante que emanaban de su vientre.

 

En los jardines crecen de nuevo sombras,
y puedo oler el sabor de mil derrotas.
Campos verdes que se extienden bajo nuestros pies,
se ha derramado la última copa de cólera.

 

Niños heridos por arpías que no pudieron escapar,
un corazón que descansa complacido en un altar.
Cuchillos y colgantes afilados clavados en el cuello,
el yugo que nos somete y nos mantiene presos.

 

Esa mezcla fatal de compasión y bonhomía,
que parece indisociable al equilibrio de su armonía.
La voz y el silencio de esta transgresión,
que lucha complacida contra toda razón.


Tiemblan los brazos, se arquean los pies,

huele el perfume de los desterrados, cuando vuelvan a caer.
Siente el latido que palpita bajo su piel,
ahora te siento más cerca, ahora te podré perder.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los últimos días de un carroñero

Dispuesto a contar los ladrillos que forman este muro inquebrantable, los presos en celdas de humo y cárceles de arena. Lentos minutos ...