lunes, 10 de junio de 2019

Sin paz no hay guerra





Ella me dijo que estuvo en la guerra y da igual que guerra. Le creí porque sus piernas serían capaces de ganar cualquier conflicto.

En realidad, su guerra había terminado y dejo de camuflarse. Ahora solo se desvanecía entre las mesas de aquel bar.

Nada en ese lugar era justo, pero… ¿qué importa eso en la guerra?

Tenía una cicatriz en el hombro, un tatuaje en su antebrazo derecho y una curva infinita al final de su espalda.

—¿Ese tatuaje es un trébol de cuatro hojas?
—Si.
—¿Y funciona? ¿te va bien?
—Solo da suerte, buena o mala. Pero da suerte.

Le atrajo la bendita inocencia de mi calma, y cuando el vino me hizo dócil su guerra estallaba en la cama.

Me contó que enterró a su mejor amigo en la última batalla, y después de eso dejo de creer en las armas. La muerte la sedujo, pero ella nunca amo nada.

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