Nadie se acuerda ya de la bandada de los estorninos,
de la nube negra que tapo el
ocaso,
de los pies que se acumulan en el andén del Metro
o de la pena que estranguló el último prodigio.
No veis a los demonios que habitan en otros cuerpos,
solo empatizáis con el reflejo que os observa desde el espejo.
Metamizol, linóleo, frustración y noches de euforia,
asaltando todas las trincheras, no
queda otra opción.

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