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| (Ilustración de Tania Nieto díez) |
Me lamento, me escondo, huyo de su retrato y vuelvo a caer.
Todos los puentes que cruzo, se construyen bajo sus pies.
Este es el fin del mundo que llora detrás de un telón,
nadie lo verá con las luces encendidas, ni tampoco caer.
Diluyen el veneno por el cuerpo al caminar,
las calles están llenas de personas muertas.
Esperas ahuyentar las plumas de un cuervo,
que te persigue desde que dejaron de creer en ti.
Desecha todos esos pensamientos y sus bendiciones,
se incrustan como agujas al tragar.
No enfermas como antes, no dejas que se dore la piel,
tienes un puñal afilado atravesándote la sien.
Por todas las reinas que devore y sus esquelas,
sonreír al cielo indefenso ante armas muertas.
Solo las horas que has perdido pueden doler,
el futuro nos espera en un cajón sin luz.
Se ha roto en mil pedazos el espejo,
que llevaba todas las miradas contra mi.
Hay un vacío insondable, que las arrastra hacia allí.
De lo que se perdió ya no queda nada.
Nadie quiere dormir en la ciudad, donde nunca se sueña.
A veces lo peor son los silencios que se suceden,
entre la calma y la tempestad, y que no preceden a nada.

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